El reportaje tiene como figura o personaje principal al doctor Ángel López, un médico rural en Cañada Rosal, Sevilla.
Es importante contar no solo su día a día como sanitario en esta localidad y otras, sino su influencia en los vecinos, la existencia de relaciones que van más allá entre doctor/paciente.
Este ejemplo nos hará un pequeño croquis de cómo se vive en la Andalucía que sufre la despoblación, en sus ventajas y en sus inconvenientes.
Ángel López, médico de familia en la localidad sevillana de Cañada Rosal, es más que un profesional sanitario para sus vecinos, es un conocedor de sus historias, del entorno y del compromiso mutuo que da la cercanía.

Son las 7:45 de la mañana y en Cañada Rosal –Sevilla– el tiempo parece transcurrir lentamente y sin prisa para los 3.300 habitantes.
Un gallo poco madrugador canta, quizá se esté quejando de la alta temperatura que hace a esa hora en pleno octubre.
En la avenida de Carlos III –Rey y fundador de esta comunidad a mediados de 1769– se escuchan ruidos metálicos y conversaciones tenues provenientes de los tenderos que montan los puesto de ‘El barato’, un mercadillo de todo tipo de productos que se establece allí cada miércoles de la semana.
En el número 6 de la misma avenida, se abre la puerta de una cochera en una casa blanca.
En su interior, Ángel López, 63 años de edad, un hombre de estatura media, buena forma física y cabello corto y negro.
Es uno de los más de 36000 médicos de atención primaria que ejercen en España –6262 en Andalucía, según el Ministerio de Sanidad– y lo hace en la localidad sevillana desde el 1 de febrero de 1989.
Como todos los días, prepara su medio de transporte para ir a la consulta, una vieja bicicleta de montaña de la marca ‘Anver’ que usaba Lola, su mujer y que cambió por otra más moderna. “La bicicleta me permite llevar el maletín de médico con todo lo que necesito, me mantiene en forma y contribuye a la promoción de la salud y el medio ambiente”, afirma el doctor.
Don Ángel, como así lo llaman los vecinos, es médico de familia, pero se siente médico de pueblo, médico rural. Para él es importante vivir en la localidad donde desarrolla su trabajo, tener un vínculo especial con sus pacientes que va más allá de la relación médico/usuario, “Es algo más que una profesión, es un estilo de vida, por el conocimiento de la zona, del día a día de los vecinos, de sus historias, alegres y trágicas. Es un compromiso que da la cercanía”, afirma.
En todos estos años ha asistido a pacientes en su consultorio, en los domicilios de los afectados, en el suyo propio a cualquier hora del día, de la noche o la madrugada, en las carreteras cercanas, en cortijos o en pleno campo y de todo ello sigue aprendiendo.
Es fácil comprobar cómo en los 400 metros que separan su casa del consultorio, los carrosaleños –gentilicio de Cañada Rosal– no solo saludan a su médico, sino que le realizan consultas en plena vía.
“Buenos días Don Ángel, creo que mi mujer tiene que ir hoy a consulta”, le comenta un vecino que se cruza con él.
“Sí, lo sé. Tiene que ir a recoger el parte”, le responde el doctor como si tuviera la agenda de trabajo en la memoria.

El centro sanitario se ubica en el número 8 de la calle Alcalde Antonio Méndez, un pequeño edificio en el que trabajan tres médicos, dos enfermeras y una secretaria, encargados de solucionar los problemas de salud de los vecinos de la localidad, así como los de El Campillo y La Luisiana con guardias de 24 horas cada 6 días.
Antes de acceder al edificio, el doctor deja la bicicleta apoyada en el bordillo de la acera junto a otras dos que están ahí desde una hora más temprana, ninguna tiene candado ni cualquier otro dispositivo de seguridad, “No hace falta, nunca se roban las bicis aquí”, manifiesta el médico.
Cuando Ángel accede al lugar, diez personas permanecen sentadas en la sala de espera y de todas recibe un saludo.
En la pared junto a la puerta de su consulta, la número 1, un letrero de color anaranjado lleva impresos los datos personales, su especialidad en medicina familiar y comunitaria, así como su número de colegiado, pero también se plasman su correo electrónico, su número personal de teléfono y el nombre de usuario en las redes sociales de Twitter –ahora X– e Instagram.
Puede parecer paradójico cómo alguien que se define como médico rural, le da importancia a estas herramientas de comunicación.
“La tecnología es una buena herramienta para la ruralidad, puede hacer más accesibles lugares que son poco accesibles. En el último congreso de medicina rural al que asistí, comuniqué cómo había mejorado en mi práctica clínica el uso de las nuevas tecnologías como WhatsApp, ¿Quién no ha hecho una consulta por WhatsApp?”, expone.

Su lugar de trabajo, un espacio de aproximadamente 12 metros cuadrados, es más parecido a una sala de estar de una vivienda que a una consulta médica.
En sus paredes pueden verse colgadas láminas con flores de múltiples colores, una reproducción de un grabado que representa a varios doctores practicando una operación en 1897, una estantería con libros de medicina, pequeñas figuras de santos, dos playmobil sanitarios regalados por hijos de pacientes o dos bufandas de sendos equipos de fútbol, la del Coripe C.F. –localidad natal de Ángel– y el ADYO Fútbol 7 de Cañada Rosal.
La disposición de la consulta es también singular, cuando lo normal es una mesa que separa a médico y paciente, aquí se sitúa de forma oblicua entre ambos.
“La mesa es una barrera, prefiero situarla de esta forma para que el paciente se sienta más cómodo al hablar conmigo”, explica el doctor.
Antes de dar paso a la primera persona citada, enciende el ordenador y se conecta a la aplicación Diraya, sistema que se utiliza en el Servicio Andaluz de Salud como soporte de la historia clínica electrónica.
A las ocho y diez, todo está preparado para iniciar la consulta, esta vez y durante un mes, lo acompañará Elisa Romero, una joven doctora residente que ha llegado desde Carabanchel en Madrid.
Una hora y media más tarde han pasado por la consulta 13 pacientes –uno de ellos de forma virtual a través de Messenger– han sido diversas las dolencias tratadas, dolor abdominal, de garganta, constipados con y sin fiebre, y un problema ocular entre otras.

En una pausa de la consulta, el doctor pasa por el mostrador de la secretaria y recoge los partes de avisos domiciliarios. En ese momento se han recibido tres, serán más durante el día.
Es hora de cargar el maletín de cuero marrón en el asiento trasero de su bicicleta. Es como una pequeña caja de herramientas de 4 kilogramos para arreglar dolencias humanas. En su interior se encuentra tanto material de consulta general como aquel que puede salvar la vida en una urgencia: un fonendoscopio, un tensiómetro, una pinza de Magill –usada para la intubación o para la extracción de cuerpos extraños en el sistema respiratorio–, mascarillas, gasas, material para coger vías, una manta térmica, una navaja –regalada por la Guardia Civil– que le ha servido para cortar cinturones de seguridad en accidentes de tráfico, un pulsioxímetro, un otoscopio para los oídos, un set de emergencias, medicamentos intramusculares o un tubo de Guedel.
Mientras termina de fijar el material al vehículo, Concha Piña una vecina de 70 años de edad y vecina de la casa contigua al centro de salud, saluda al doctor y explica qué significa para ella y su marido que sea su facultativo: “Conozco a Don Ángel desde que llegó a vivir aquí, en la calle el Arrecife. Conozco a Lola, su mujer. Médicos los habrá buenos, pero como Don Ángel no los hay, le tengo mucha fe”.
Esta opinión es generalizada en la Cañada Rosal, solo hay que caminar por las calles y preguntar.
Fernando Flores, 86 años y párroco de Santa Ana desde hace 60, afirma que: “Ángel es un gran médico y una gran persona, es un hombre que hace honor a su nombre”.
Antes de ir al primer domicilio, como a diario, pasa por el bar ‘Cascarilla’ para tomar un cortado. También como a diario, alguno de los vecinos que está sentado en una de las cinco mesas disponibles en la terraza, le abona el café. “Hay veces que antes de pedirlo ya está pagado, unas veces sé quién lo hace y otras no”, explica Ángel sonriendo.
En los diez minutos que dura su desayuno y el de la doctora Romero, varios vecinos pasan por la mesa, simplemente para saludar o para realizar alguna consulta de salud. Otras veces es el propio doctor el que ve a una persona y le pregunta cómo se encuentra.
Tras terminar, vuelven a coger sus bicicletas y comienzan el trayecto por calles llanas sin pendiente y los cruces con señales que le dan prioridad a este vehículo tan usado.

El primer aviso al que acuden se trata de Leonardo, un vecino de 85 años de edad, lleva varios días muy cansado, con malestar general, diarreas pero sin fiebre. Lo acompaña su mujer y su hija.
Se encuentra en el salón frente a un televisor apagado, tumbado en un sofá marrón, un espacio lleno de fotografías familiares algunas recientes, la mayoría muy antiguas, un retrato del Papa Francisco y un gran tapiz con motivos vegetales.
Debido a estos síntomas y por prevención ante posible COVID-19, los sanitarios se ponen una mascarilla y le colocan otra al paciente, le toman la temperatura, el pulso y sacan del maletín un saturómetro para medir la cantidad de oxígeno en sangre.
Le miden la tensión y es de 13/9, un poco alta.
El hombre padece sordera, por lo que a cada pregunta deben gritar y acercarse al oído, “Le voy a tocar el abdomen y me dice si le duele”, le indica la joven doctora, encargada de la exploración. Todo parece normal.
Piden a la hija que saque todos los medicamentos que toma su padre en la actualidad, los coloca en la mesa y el salón parece convertirse en una farmacia.
Modifican algunas de las tomas de medicamentos y realizan una receta de un probiótico natural para proteger el aparato intestinal de microorganismos nocivos.
A la semana volverá en caso de que no haya mejoría.
Antes de irse el médico le da la mano a su paciente, a su vecino. “Muchas gracias Don Ángel”, comentan a la vez la mujer y la hija.

Al salir continúan pedaleando hacia otras visitas domiciliarias y volverán al centro de salud, donde más usuarios –como no le gusta llamar al doctor a los pacientes– esperan ser atendidos.
Voltaire decía que “el arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza cura la enfermedad”. Toca contradecir las palabras del ilustrado francés.
Son las tres de la tarde, en la avenida de Carlos III los tenderos desmontan ‘El barato’ con más algarabía a como lo hacían al montarlo, termina la jornada laboral para ellos, también para el doctor López, aunque él siga siendo Don Ángel las 24 horas del día.


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